Pa chulo yo

Acabo de llegar al trabajo y todo indica que el aire acondicionado se ha estropeado. Es decir, por fin después de días de sufrimiento puedo decir que no me encuentro como la momia de un alpinista del siglo XIX en un glaciar suizo. Eso me ha animado a escribir algo antes de que llegue mi becario adoptado después de caminar bajo el sol 20 minutos desde la estación, y su habitual puteo considerable se convierta en extraordinario puteo desbocado al descubrir que no tenemos “clima”. El MSN va a sacar humo, lo presiento.

Tengo ganas de escribir sobre un reportaje que vi ayer en el plus. Más que nada para que se vea en el blog que soy capaz de dedicar una noche de miércoles a mirar un reportaje, con subtítulos y todo, hasta el final y, además, demostrarlo. No como todas esas mises, modelos o fiscales jefe de la audiencia nacional que manifiestan mirar sólo documentales, si puede ser de la BBC, y a los que nadie se ha molestado en pedir un resumen.

El documental se titula “El chico que conquistó Hollywood “ y narra la carrera de Robert Evans, que empezó como mal actor y acabó como el rosario de la aurora. Pero en el ínterin se convirtió en el productor más importante del Hollywood de los 70, con películas como “The Godfather”, cuyo título se tradujo aquí como “El Padrino”, “Chinatown”, que aquí se llamó “Chinatown” o “Love Story”, conocida aquí como “Lo ves, Tory?”. Todos debemos agradecer a Evans que tirara adelante estas películas, porque si nos creemos lo que explica en el reportaje, la mitad estuvieron a punto de no estrenarse, bien porque los dueños de la Paramount querían cerrar el chiringuito -pero él los convenció de que no con un trailer de Love Story- bien porqué ni Coppola creía que El Padrino debía de tener más metraje –ay, Coppola, que director más rarito has resultado ser-, bien porqué nadie entendía de que iba Chinatown –eso igual es cierto, puedo asegurar que yo mucho no la entendí-. En definitiva, que si existen esas películas es siempre gracias a Evans, porque el resto, guionistas, directores, actores, todos! estaban ahí para orbitar en Evans. Que hubiera sido del mundo sin Evans! Porque Evans es de ese tipo de personas que se autocita. Lo hace al principio del reportaje en un párrafo que viene a decir algo así como: “esto que explico yo, lo explico yo a mi manera y es mi verdad. Obviamente habrá más versiones, pero a ver quien es el guapo que hace otro reportaje para desmentirme.” De hecho él no utiliza estas palabras sino que hace una verdadera proclama con ese estilo con tanta pompa y circunstanca que utilizan los americanos desde que hicieran la Declaración de Virginia y eso los convirtiera, además de en garantes de los derechos humanos del mundo mundial, en un colectivo capaz de hacer cosas superimportantes para la humanidad, tipo los franceses. Además escribe el texto entre comillas y con su firma. Vamos, que Evans es un tío importante y él lo tiene muy claro, di que sí, Evans, tu autocítate y autoensalzate, que mejor pajaro en mano y hay mucho envidioso suelto.

Lo bueno del caso es que el reportaje lo presenta Àlex de la Iglesia que destaca, porque él si que sabe destacar las cosas realmente importantes, que se trata de una de esas historias de triunfador que acaba cayendo en el abismo de las drogas. Que frase tan bien buscada “caer en el abismo de las drogas”. De hecho yo jamás he probado las drogas –duras- porque me veo a mi misma como drogada cayendo literalmente en un abismo, y no me apetece, a menos que la cosa esté controlada como en la atracción de caída libre del Tibidabo, que lo más que notas es que te despegas del asiento y que ya estás abajo. Pero no sería ese el tema del abismo de las drogas. Por subir a la atracción del Tibidabo no acabas haciendo un reportaje como el del Evans. En cambio hay otras frases hechas menos afortunadas, como la de “no me gusta que me tomen el pelo”. Si hemos de poner un ejemplo de frase gratuita e innecesaria, ahí está “no me gusta que me tomen el pelo”. A ver, ¿a alguien le gusta que le tomen el pelo? Pues no se puede hacer una declaración de intenciones con esa frase, a ver si aprendemos de los americanos, seguro que en americano no existe la frase “I don’t like them having my hair”. En el google no sale, ergo no existe. Es lo que tiene la costumbre, que por costumbre acabas utilizando frases absurdas. Un día hablaré de la costumbre, sólo avanzo que la costumbre nos aporta cosas como la familia real y cosas como los bailes tradicionales maories que representa la selección de rugby de Nueva Zelanda antes de los partidos. No digo que una cosa sea peor o mejor que la otra, sólo diré que a pesar del reportaje, me fui a dormir la mar de contenta pensando en una de esas costumbres.

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